domingo, 21 de marzo de 2010

Cosicas (II)

Cerca de la Cruz de Humilladero hay un bar por el que suelo pasar muy a menudo, nunca entro porque siempre voy de paso de camino al centro, pero, sin saber muy bien porqué, me suelo fijar en las personas que están allí tomando una copa. Después de pasar casi cien veces por aquella calle, pude encontrar un denominador común. Da igual a la hora a la que pasara, siempre había un hombre, un hombre con una mirada triste, no demasiado mayor, de unos sesenta años, bebiendo alguna cosa, con un ducados en la mano y con una maravillosa lentitud en sus acciones. No hablaba con nadie, ni tampoco estaba sentado con alguno de los numerosos grupos de ancianos que allí acostumbran a jugar al dominó. Se subía a su taburete cerquita de la barra y hacía las horas allí, tranquilamente, como si el mundo no fuese tan rápido.

Me vino a la mente la figura del viudo, de aquel pobre hombre que debía afrontar la recta final solo, porque la compañera que había estado toda la vida con él se había ido. Lo más lógico en esta situación, es dejar de correr, ir a la velocidad de un caracol, despacito, muy despacito. Nublar la mente y dejar de sorprenderse por las cosas.

¿Tendrá hijos? Quizá ellos todavía puedan ocuparse de él. No lo creo, su mirada dice que no tiene hijos y que si los tuviese solo le llamarían los fines de semana para ver como está y comprobar que todavía no ha muerto. ¡Espera un momento! tampoco tiene porqué ser así, lo mismo su mujer está viva y sencillamente él está disgustado con ella, la desprecia porque ya no es la mujer hermosa de la que se enamoró, porque es una "marimandona" y ya está harto de -sácame la basura- o -¿has llamado al fontanero?, y prefiere pasarse el día en el bar lejos de voces nasales y molestas. Al fin y al cabo que iba a hacer ella ¿Dejarlo porque ya no le hace caso? ¡Ralenticemos el tiempo! a lo mejor así los veinte años más penosos de mi vida se puedan convertir en cuarenta años penosos.

Un día me llamó una amiga que quería quedar, posiblemente para contarme algún problema del que ya habría oído hablar. Quedamos en el Bingo París de la Cruz de Humilladero. Llegue quince minutos antes y como estaba cerca, me fui al bar donde moraba el anciano triste. Me senté en la barra y pedí una cerveza. Por supuesto, allí estaba aquel hombre, de igual forma que siempre, -taburete, copa, ducados- Generalmente suelo dejarlo pasar, pero esta vez no pude aguantar la curiosidad y le pregunté.

"Hombre, eso es porque soy el dueño del bar" me dijo.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]

<< Página principal